Belgrano y su interés por la Matemátic
El Desafio
sábado, 4 de abril de 2026

Belgrano y su interés por la Matemática
“Sin educación, en balde es cansarse, nunca seremos más que lo que desgraciadamente somos” Manuel Belgrano (1770-1820)
La historia nos remonta al año 1790 y encontramos a Manuel Belgrano estudiando en España donde vivió un proceso de reformas iniciado por Carlos III, quien había llevado a su gabinete a los más conspicuos miembros de la Ilustración, un movimiento intelectual caracterizado por adherir a la razón, como la facultad esencial del hombre para alcanzar la verdad, que encontró en la Revolución Científica el camino para comprender la naturaleza y transformarla.
España se inscribió en el marco general de la Ilustración europea, que se desarrolló durante el siglo XVIII y tuvo especial relevancia en Francia, donde las ideas fomentaron el espíritu crítico, la fe en la razón, la confianza en la ciencia y el afán didáctico.
Las influencias de la Ilustración en España provinieron principalmente de pensadores franceses e italianos. Si bien los reinados de Felipe V y Fernando VI estuvieron caracterizados por su impulso reformista, con ministros y consejeros ilustrados como Giulio Alberoni, José Patiño o el marqués de la Ensenada, la Ilustración alcanzó su apogeo en España en la segunda etapa, bajo el reinado de Carlos III (1759-1788).
Fruto de este interés por los asuntos económicos y sociales fue la creación de las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, que contaron con la aprobación de Carlos III. Estas asociaciones se ocupaban de difundir las “ciencias útiles”, como le llamaban a las ciencias que podían tener una aplicación concreta para fomentar el desarrollo económico.
Al mismo tiempo, el interés por la educación y el progreso científico en esta etapa se concretó en la creación de nuevas instituciones de enseñanza secundaria como los Reales Estudios de San Isidro y de enseñanza superior como el Real Colegio de Cirugía, la Escuela de Mineralogía y la Escuela de Ingenieros de Caminos.
El desarrollo de las ciencias experimentales fue importante en esta etapa, con personalidades como José Celestino Mutis y Antonio José Cavanilles en biología, Antonio de Ulloa y Jorge Juan en astronomía y cartografía o Andrés Piquer en medicina. Además, el pensamiento ilustrado se expresó en la literatura didáctica y crítica, con autores como Feijoo, Jovellanos, José Cadalso y Leandro Fernández de Moratín, y dio un impulso importante a la prensa y las revistas tanto literarias como científicas.
La Ilustración por países
El período de la Ilustración fue especialmente fuerte en Francia, donde sus exponentes adoptaron el nombre de “filósofos” (philosophes). Entre ellos destacan algunos nombres como Voltaire, Montesquieu y Jean-Jacques Rousseau. También fue en Francia donde se publicó la Enciclopedia, una monumental obra compilada por Denis Diderot y Jean le Rond D’Alembert que contenía textos sobre diversos temas escritos por filósofos ilustrados.
En Gran Bretaña y sus colonias americanas, se destacan pensadores como David Hume, Adam Smith y Thomas Jefferson, y se considera a John Locke como un precursor. En Alemania, mientras tanto, fue muy influyente Immanuel Kant, quien señala que la ilustración era “el fin de la minoría de edad del hombre. El fin de su incapacidad para utilizar su razón sin la dirección de otro”. Y por último enItalia, se destaca Cesare Beccaria. Debemos destacar que, en España la Ilustración llegó en forma tardía y cargada de las contradicciones propias de personajes que soñaban con sacar a ese país del atraso, sin romper con prácticas restrictivas de la fe católica y del orden monárquico.
En esa agitada atmósfera de discusiones, Belgrano conoce los avances de la ciencia y la técnica, se involucra en los debates económicos, lee los libros de los ministros de tendencia ilustrada como Jovellanos y Campomanes, y pidiendo autorización eclesiástica estudia los “textos prohibidos” por la Iglesia de Rousseau, Diderot, Voltaire y Montesquieu.
Es también en España donde Belgrano conoce a Diego de Gardoqui , otro ilustrado que luego de ser el primer embajador de España en los Estados Unidos (un retrato lo ubica junto a George Washington cuando éste asume como presidente de la Unión) fue nombrado Director General de Comercio y Consulados en España e Indias.
Pero debemos destacar que, el español que más influyó en el prócer fue Jovellanos y de él tomó el concepto de gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza primaria, y el de la necesidad del estudio de las carreras técnicas: matemática, dibujo, comercio y náutica, especialmente. También recibió la influencia de Genovesi de quien asimiló el concepto de dar educación a los labradores.
Fin de los estudios universitarios
Finalizados sus estudios en la Universidad de Valladolid, en enero de 1789, Belgrano con apenas 19 años, se graduó con el título Bachiller en Leyes. Apenas cinco meses después de su graduación, el 14 de julio de aquel mismo año, tuvo lugar otro de los hechos más significativos de la historia de la Humanidad: La Revolución Francesa. Ese fue un punto de inflexión en la Historia, la influencia de aquellos ideales de libertad, igualdad y fraternidad fue aún mayor en los claustros universitarios que la propia realidad a la que condujo el gobierno revolucionario francés: persecuciones, la ejecución capital por decapitación utilizando la guillotina y, finalmente, el caos. Y, como si se tratase de un plan premeditado, la consecuencia de la revolución fue el regreso al absolutismo más severo: el Primer Imperio, encabezado precisamente por uno de los generales revolucionarios, Napoleón Bonaparte. Aún así, la poderosa atracción de los ideales revolucionarios permaneció como una luz que iluminaba, sobre todo, los claustros universitarios.
Por otra parte, en los cafés se reunían algunos de los pensadores más importantes del siglo XVIII para debatir sobre todo tipo de temas, desde deportes hasta filosofía. Manuel Belgrano fue uno de esos estudiantes subyugados por aquellos ideales que sumó a sus profundas convicciones morales, religiosas e intelectuales: “Como en la época de 1789 me hallaba en España se apoderaron de mí las ideas de Libertad, igualdad, seguridad, propiedad y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido…
La formación intelectual de Belgrano
El dominio de lenguas como el español, francés, italiano e inglés y además una sólida formación en latín, le posibilitaron a ManuelBelgrano el acceso directo a diversas fuentes de conocimiento e información, como el contacto personal con autoridades y personajes relevantes de su época. “Confieso que mi aplicación no la contraje tanto a la carrera que había ido a emprender, como el estudio de los idiomas vivos, de la economía política y al derecho público, y que en los primeros momentos tuve la suerte de encontrar hombres amantes al bien público que me manifestaron sus útiles ideas, se apoderó de mí el deseo de propender cuanto pudiese al provecho general, y adquirir renombre con mis trabajos hacia tan importante objeto, dirigiéndolos particularmente a favor de la patria”, reconocía Manuel Belgrano en su Autobiografía.
La realidad en la Colonia
Fueron ocho largos años de ausencia y Belgrano regresó de España a Buenos Aires en 1794 a bordo de un buque mercante español, tras ser nombrado Secretario Perpetuo del Consulado de Comercio, sin que los registros históricos destacados mencionen un nombre específico del barco en su viaje de regreso para asumir dicho cargo. Para llegar al puerto, primero tuvo que descender a un bote y luego poder ser trasladado en una carreta con grandes ruedas para poder tener acceso a tierra firme. Precisamente, Emeric Essex Vidal (1791-1861) en sus acuarelas llenas de color, mostró las vistas de la ciudad, sus edificios, Iglesias, Fuerte, el Cabildo, sus calles, y en su obra “El desembarco en Buenos Aires” se puede apreciar el complicado sistema para llegar a la ciudad.
A pesar de sus años de ausencia, el flamante abogado ya no es el joven de 16 años que se embarcó para estudiar en la Metrópoli, Belgrano con 24 años, encontró que las calles seguían siendo mayoritariamente de tierra, polvorientas, con pozos y charcos, mientras que el alumbrado público era muy escaso, limitado a velas de sebo dentro de faroles de vidrio sólo en las esquinas principales, encendidas por “faroleros” al atardecer. La falta de pavimentos y luz eléctrica hacía que la ciudad fuera oscura y difícil de transitar tras la puesta del sol. Las familias que, antes de las diez se atrevían a llegar hasta algún hogar vecino para pasar juntos la velada, conversar, tomar chocolate, jugar a la lotería de cartones, o bailar los jóvenes marchaban, con un par de esclavos sosteniendo los farolitos de mano, dentro de los cuales temblequeaba la luz de una vela, suficiente para evitarle a algún miembro tropezar o darse un golpe en los pozos, charcos, o yuyales. La gente solía moverse a pie, en carretas o a caballo. También existían los carruajes, pero eran un lujo reservado a las familias más acomodadas.
La ciudad era sucia: en invierno, por el barro que quedaba después de las lluvias y en verano, por el polvo que se levantaba, o la falta de recolección de residuos, hacían irrespirable el aire que también entraba por puertas y ventanas. Se acusaba a los españoles de haber mantenido, -ya sea por ignorancia o por una economía mal entendida- las calles de un pueblo de tanta importancia comercial, en tan pésimo estado.
Por otra parte, el estado de la escuela y de la enseñanza en la época colonial era lamentable. Relata Belgrano que “no es fácil entender en que ha podido consistir, ni en que consista que el fundamento más sólido, la base digámoslo así, y el origen verdadero de la felicidad pública, cual es la educación, se halla en un estado tan miserable, que aún las mismas capitales se resienten de su falta. Mas es, los ha habido, los hay, es a saber, escuelas de primeras letras, pero sin unas constituciones formales, sin una inspección del gobierno y entregadas acaso a la ignorancia misma”.
Trabajo en el Consulado
Con el espíritu lleno de ilusiones y con los mayores anhelos de trabajo, Belgrano -como ya dijimos- contaba con 24 años, cuando regresa a Buenos Aires para iniciar sus tareas en el Consulado. Sus ansias de progreso debieron sufrir un verdadero desencanto cuando conoció a los hombres designados por el Rey para integrar la Junta:“todos eran comerciantes españoles, exceptuando uno que otro, nada sabían más que su comercio monopolista… comprar por cuatro para vender por ocho con toda seguridad… Mi ánimo se abatió y conocí que nada se hacía a favor de las Provincias por unos hombres que, por sus intereses particulares, posponían el del común; sin embargo ya que por las obligaciones de mi empleo podían hablar y escribir sobre tan útiles materias me propuse al menos echar las semillas que algún día fuesen capaces de dar frutos, ya porque algunos estimulados del mismo espíritu se dedicasen a su cultivo, ya porque el orden mismo de las cosas las hiciese germinar”.
Belgrano tiene especial vocación por el estudio de la economía política, el derecho público y dedica mucho de su tiempo de Secretario Consular a la atención y fomento de nuevos sistemas y métodos de producción, dirigidos al logro de un mayor rendimiento del suelo y mejores condiciones laborales del campesinado. De ahí su inquietud por la difusión de los mismos, o el establecimiento de centros que instruyan adecuadamente en sus diferentes especialidades. Incluso, llega a recabar de la Corona el envío de maestros especializados o el traslado de colonos a la Metrópoli a fin de que adquieran allí la debida instrucción, solicitud inaudita para los españoles peninsulares.
Su pluma de pensador profundo encuentra en el periodismo, el medio más apropiado de expresión, pero no debemos olvidar su enorme labor de cronista, a través de las actas consulares, reflejo de sus esfuerzos por lograr el mejoramiento general del virreinato. Siendo Secretario del Real Consulado, Belgranohace que ese cuerpo se suscriba a diferentes periódicos europeos como el “Almanak Mercantil” y los madrileños “Semanario de Agricultura” y “Correo Mercantil”.
El 2 de junio de 1794 el Consulado celebra su primera sesión y se le concede jurisdicción mercantil para el fomento de la agricultura, la industria y el comercio. Entre las atribuciones del Secretario figura la de “escribir cada año una memoria sobre los objetos propios de su instituto”, donde Belgrano despliega una incansable actividad para mejorar la situación general del Virreinato tales como:
– Reformar los abusos del comercio exterior y fomentar el interno, reduciendo los gravámenes.
– Facilitar la navegación fluvial.
– Construcción de nuevos caminos como los de Catamarca y Córdoba, Tucumán y Santiago del Estero, San Luis y Mendoza, Buenos Aires y Chile.
Para ello organiza, junto con personal capacitado, viajes de reconocimiento a las diferentes zonas, interesándose por la suerte de los nativos allí instalados y tomando nota de sus formas de vida, sus cultivos y hasta las ventajas de su integración al comercio interno. Bajo su inspiración, el Consulado comienza la construcción del muelle de Buenos Aires conjuntamente con el sondeo del río y el reconocimiento de la costa.
En la primera Memoria (junio 1796) realiza estudios económicos que van más allá de su época. Sintetiza un vasto programa económico de fomento de la agricultura, el libre comercio, como así también el desarrollo y protección de la industria nacional. En “Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio en un país agricultor”, detalla las ventajas de un estudio experimental del suelo, la rotación de cultivos, la selección de granos y además propone la creación de una Escuela Práctica para Agricultores, como así también otra de Comercio.
Tampoco se olvida de los habitantes más humildes: “… Esos miserables ranchos donde se ven multitud de criaturas, que llegan a la edad de la pubertad, sin haberse ejercitado en otra cosa que en la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto. Uno de los principales medios que se deben adoptar a este fin son las escuelas gratuitas, a donde puedan los infelices mandar sus hijos, sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción: allí se les podrán dictar buenas máximas, e inspirarles amor al trabajo, pues un pueblo donde reine la ociosidad, decae el comercio y toma su lugar la miseria”.
Cuando en lugares tan progresistas como la Asamblea de París se discutía sobre sí era o no conveniente destinar dineros y esfuerzos a la educación de la mujer, Belgrano fue pionero en la defensa y dignificación de la condición femenina, comenzando por su derecho inalienable a la educación. En un mundo varonil en el que la mujer quedaba relegada a las tareas domésticas y a las de trabajadora peor remunerada, donde era menospreciada por sus compañeros masculinos, él entendía que: “Por desgracia el bello sexo que debe estar dedicado a sembrar las primeras semillas lo tenemos condenado al imperio de las bagatelas y de la ignorancia… a pesar del talento privilegiado que distingue a la mujer y que tanto más es acreedora a la admiración cuanto más privado se halla de medios de ilustrarse… La mujer es la que forma en sus hijos el espíritu del futuro ciudadano”.
Promovió, además, el estudio de la historia porque: “Se ha dicho muy bien que el estudio del pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y porvenir… Nada importa saber o no la vida de cierta clase de hombres, que todos sus trabajos y afanes los han contraído a sí mismo y ni un solo instante han concedido a los demás”.
Dibujo y Matemática
El 30 de marzo de 1799 se crea la Escuela de Náutica. Belgrano en su carácter de Secretario Real del Consulado redacta el reglamento y nombra a Pedro Cerviño como Director y a Juan Alsina como segundo. El 15 de septiembre de 1806 es clausurada por Real Orden. La apertura de la Academia de Dibujo, -cuyo verdadero nombre era Escuela de Geometría, Arquitectura, Perspectiva y Dibujo– fue el 29 de mayo de 1799. Decía Belgrano: “todo menestral para perfeccionarse en su oficio: carpintero, cantero, bordador, sastre, herrero, y hasta los zapateros no podrían cortar sus zapatos sin el ajuste y la perfección debida si no saben dibujar”… y por consiguiente, a los dueños de las máquinas eléctricas y neumáticas… al teólogo a quién le es indispensable algún estudio de geografía… a los agrimensores… al médico quien entenderá con más facilidad las partes del cuerpo humano que se ve y se estudia en las láminas y libros de anatomía: en una palabra debe ser este conocimiento tan general, que aun las mujeres lo debían tener para el mejor desempeño de sus labores”.
Belgrano también redacta su Reglamento inicial y designa a Juan Antonio Hernández como primer Director. La misma dejó de funcionar en octubre de 1804 por Orden Real del 26 de junio del mismo año. Mientras tanto, la primera Escuela de Matemática se estableció bajo protección del Consulado a propuesta deCarlos O´Donell.
Las materias de enseñanza de la Academia eran las siguientes: Aritmética; Geometría elemental y práctica; Trigonometría rectilínea y esférica: Hidrografía; Dibujo; Álgebra y sus aplicaciones a la aritmética y geometría; Secciones cónicas; Trigonometría rectilínea, Álgebra aplicada a la aritmética; Geometría; Cálculo diferencial e integral; Principios generales de la mecánica y aplicación a las máquinas; Cosmografía; Geografía y descripción del globo terráqueo; Uso de los globos; Los cuatro términos de la navegación y resolución de sus problemas; Construcción y uso de instrumentos; Modo de llevar el diario; Maniobra.
Un objetivo importante debía ser el adelanto de la geografía regional, pues se consideraba de absoluta necesidad el conocimiento del territorio para el cálculo de los transportes. Para preparar las expediciones comerciales y para fomentar la industria; debían levantarse los planos que el Consulado considerase necesarios y se iría por la Academia preparando los mapas del país para depurar de sus innúmeros errores los entonces existentes y de sus grandes lagunas, así se conocería la posición geográfica de las poblaciones y puntos singulares, la extensión de las fronteras , el propio comercio y los ríos navegables y de riego, la calidad y situación de las tierras y su aplicación a la agricultura o ganadería, se estudiaría así la región de las maderas de las provincias del Paraguay y la posibilidad de instalar astilleros en ese punto; los planos levantados por los directores de la Academia tendrían una relativa garantía de exactitud; en estos mismos mapas podrían figurar con cuidados los pobladores y los desiertos y estar acompañados por una “lista de los efectos importados y exportados individualizando las especies y las cantidades, los parajes de que proceden y los precios que han tenido en el corriente año”.
“Es conocida la necesidad de embarcaciones propias para exportar nuestros voluminosos frutos, se auxilian de las matemáticas que en todos los objetos exceden su poderío, y se levantan astilleros a las márgenes de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay, pecheros del de la Plata y ya hemos visto que surcaban sus aguas hermosas fragatas y otros buques que llegaron a la Europa para ser la admiración del extranjero por sus exquisitas maderas, tal vez alguna por su elegante construcción”.
También propone premios a los trabajos agrícolas, a la industria y al estudio, por ejemplo, de quien pueda presentar un plan para forestar jurisdicciones de la capital, introducir un nuevo cultivo provechoso, aguadas permanentes en la campaña, preservar los cueros de la polilla o realizar un estudio minucioso del estado de la población de cada provincia del Virreinato, distinguiendo características, habilidades, conformación del grupo familiar, ocupaciones, cultivos, industrias, etc. Lo que conocemos hoy como censo.
En un discurso de 1802, Belgrano presentará sus ideas acerca de lo que esperaba de la Escuela: “…sabéis que de aquí van a salir individuos útiles a todo el Estado y en particular a estas provincias; sabéis que ya tenéis de quién echar mano para que conduzcan vuestros buques; sabéis que con los principios que en ella se enseña tendréis militares excelentes; y sabéis también que hallaréis jóvenes que con los principios que en ella adquieren, como acostumbrados al cálculo y a la meditación, serán excelentes profesores en todas las ciencias y artes a que se apliquen, porque llevando en su mano la llave maestra de todas las ciencias y artes, las MATEMÁTICAS, presentarán al universo, desde el uno hasta el otro polo, el cuño inmortal de vuestro celo patrio”.
En toda su obra literaria, como desde los comienzos de su actuación pública, Manuel Belgrano destaca con énfasis las virtudes de la educación “… persuadido de que la enseñanza es una de las primeras obligaciones prevenir la miseria y la ociosidad…” Belgrano difunde su doctrina con espíritu de maestro y realiza innumerables esfuerzos en procura de establecimientos de escuelas públicas y gratuitas de primeras letras, técnicas o especializadas, tanto en la capital como en la campaña, los señalan como el verdadero precursor de la educación en nuestro país. Se anticipa a su época y señala el camino para remediar los graves males a que en materia de educación nos tenía sumidos el régimen colonial.
En 1802 sus primeros trabajos periodísticos sobre educación se publican en el “Semanario de Agricultura, Industria y Comercio” comienza sus artículos primero bajo el título “Educación Moral”, luego “Educación político-moral” y se dirige a los jóvenes destacándoles el esplendor de un Estado, con una crecida población de “hombres industriosos y ocupados”, a los que es necesario agregarles la formación moral “único molde en que se pueden vaciar a los hombres grande”.
En bajo el título de “Educación” en setiembre de 1805, se ocupa de la educación de los niños y manifiesta que debe instruírseles correctamente en el conocimiento de la geografía, la geometría, la práctica y teoría de la agricultura, además de la lectura y escritura. Por otra parte, dice a los padres: “El amor a nuestros semejantes es obra de la naturaleza; pero el dirigirnos hacia los deberes de verdaderos ciudadanos es una sagrada obligación que nos impone la sociedad”.
Las páginas del “Correo de Comercio” reflejan también la inquietud de Belgrano por modificar el sistema de enseñanza de las primeras letras en el virreinato; despertando el interés de los funcionarios, manifestando la necesidad de coordinar las medidas tendientes a solucionar tantos males. Sometió a las escuelas a una inspección periódica para sacarlas del abandono y fundar otras gratuitas en la campaña, costeadas por las ciudades.
Las intensas tareas que Belgrano desarrollaba en lugares tan distantes, no le hicieron olvidar una institución cultural a cuyos primeros proyectos de instalación había asistido en Buenos Aires: la Biblioteca Pública. Las primeras disposiciones concretas las conoció siendo vocal de la Junta, cuando ordenó que las ricas bibliotecas de los conspiradores de Córdoba pasasen a integrar el fondo de la proyectada fundación, y días después se enviaba una comunicación al Obispo Lue para que entregase los libros que había donado al Colegio de San Carlos. De Belgrano podría ser el artículo titulado “Educación” publicado en La Gaceta del 17 de septiembre de 1810, donde da cuenta de la futura biblioteca. Mientras se reunían las donaciones y se preparaba el local, llegó la primera contribución cuyo testimonio consigna La Gaceta del 17 de enero de 1811 y dice: “El Señor Vocal don Manuel Belgrano ofreció toda su librería para que se trajesen todos los libros que se considerasen útiles, y se sacó de ella una porción considerable”. Según el libro de donaciones de la Biblioteca Nacional estas donaciones alcanzaron ochenta y seis obras distribuidas en 149 volúmenes.
Un año y medio después de haber sido lanzada la iniciativa de creación de la Biblioteca Pública, el 1 de marzo de 1812, el Triunvirato invitaba para la solemne inauguración. Con su reconocida generosidad otra vez Belgrano se había anticipado y en La Gaceta del 24 de enero de 1812 se lee:“El señor coronel don Manuel Belgrano después de los cuantiosos anteriores donativos anunciados se ha despojado aún de los libros que había reservado para su uso poniendo a disposición del Director de la Biblioteca, su maestro Chorroarín, el último resto de su librería sin reserva para que trajese todos los libros de que careciese aquélla; y así se ha ejecutado reiterando al mismo tiempo la oferta de contribuir a los aumentos de ese público establecimiento por todos los medios que le surgieran el decidido interés e ilustrado celo de su patrimonio de que tiene dadas tantas relevantes pruebas”. Los libros eran muy variados, desde los autores clásicos antiguos como Marco Aurelio y Ovidio, pasando por Petrarca y el Romancero del Cid, hasta los textos de matemática, física y economía política que proclaman las preocupaciones intelectuales del poseedor.
Extraído de sus memorias, cartas y artículos, se puede advertir la noble preocupación con que Belgrano se anticipó a muchas realidades actuales, en cuanto a la educación, a la acción por el bienestar social y a ideas económicas de progreso. Con relación a la docencia dijo: “El maestro procurará con su conducta y en todas sus expresiones y modos inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la virtud y a las ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que diga profusión y lujo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida y un espíritu nacional… Tendrá gran cuidado de que todos se presenten con aseo en su persona y vestido, pero no permitirá que nadie use lujo, aunque sus padres quieran y puedan costearlo”.
Con Manuel Belgrano (1770-1820) el Primer Patriota Porteño, nacía para la eternidad, legandonos una nación nueva para la que había soñado –y organizado al detalle– una serie de nuevas instituciones que facilitaran una prosperidad sólo equiparable a nuestro potencial. Hoy es nuestro deber rendirle el homenaje que merece su vida entera dedicada a servir a la Patria, sin pedir ni recibir nada, y mostrarle con convicción nuestro compromiso de mantener y aumentar su legado.
(*) Autor del libro: Manuel Belgrano: el Patriota que pensó un país.
Gentileza: CARLOS MARISCAL
